PRESENTACION

PRESENTACION

Inauguramos este sitio con el anhelo de difundir un cine lejano y bello, pero cuya vigencia y calidad considermos presente y cuyo rescate entendemos puede constituir un valioso aporte hoy, cuando tras el proceso de desculturación impuesto por la dictadura y el neoliberalismo, comenzamos a rescatar los valores humanísticos de la política y la cultura. Un cine alejado de los circuitos comerciales y televisivos impuestos, un "cine que nos mira", reclamando su derecho a hacernos pensar, emocionar, reír. Con este cine fuimos jóvenes, y a él le debemos buena parte de lo que somos.
Es nuestra intención desarrollar el ciclo no en un órden cronológico sino tratando de agrupar géneros, contenidos, directores o actores, desde las obras más antiguas hasta las más recientes, desplegando una filmografía sin fronteras, porque los valores que sostenemos no las tienen. Desde Ensestein al último mejor cine soviético; desde el neorrealismo italiano a Giussepe Tornatori o Marco Belloccio; desde el cine español post-franquista al nuevo cine cubano y latinoamericano; desde la "nouvelle vague" y el "cine noir" francés hasta el Hollywood más rescatable o el reconocido mundialmente nuevo cine argentino.
No somos críticos ni especialistas, dios nos libre. Solo amantes, pero movidos por una pasión cercana a una forma de militancia. No obstante, haremos comentarios y semblanzas, pero solo desde esa pasión, su compromiso, su humanismo y su ternura.
A diferencia de otros Foros, cada película incluirá sus respectivos enlaces para que puedan ser descargadas. Ignoramos si transgredimos alguna norma, pero deseamos que este esfuerzo sea de utilidad y ustedes puedan disfrutarlo. Bienvenidos, y gracias por acompañarnos.

domingo, 29 de enero de 2012

El secreto de sus ojos









La más reciente cinta del director Juan José Campanella no le pide nada a las producciones hollywoodenses: cuenta con un gran elenco, el guión es espectacular y la historia engancha a todos los que la han visto.
La genialidad de la película no pasó desapercibida, ni en Argentina ni en tierras estadounidenses, donde se llevó la estatuilla dorada por Mejor Película Extranjera, mientras que en la nación albiceleste logró ser la cinta argentina más exitosa del 2009 y la segunda más taquillera de la historia del cine argentino, con más de dos millones y medio de espectadores.
Campanella, quien ya había gozado de las mieles del éxito con El hijo de la novia de la mano de Ricardo Darín (quien también protagoniza El secreto de sus ojos), supo que podría hacer maravillas con la novela de Eduardo Sacheri La pregunta de sus ojos, así que con la ayuda del escritor transformó la novela en el guión que lo llevaría a la cima.
Con un tema que podría hacer pensar que se trata de una historia de amor, en realidad El secreto de sus ojos es una historia de intriga y de la vida que no fue, de las cosas que se fueron, las personas que no llegaron, las cosas que no se dijeron.
Más allá del obvio enamoramiento entre los protagonistas, la cinta revela esa nostalgia por las cosas que no fueron y por ello recurre a una narración no lineal, mezclando la Argentina de 1974 con la de 1999 en un ejercicio de memoria que hace ver que todo aquello que sucedió (y no sucedió) en el pasado afecta directamente nuestro futuro.
El director fue astuto. Para romper con esta atmósfera cargada de sentimientos, introduce a un personaje único que corta con la tensión y arranca carcajadas en el público: Sandoval, el ayudante, compinche y compañero de Benjamín Esposito, el protagonista. Sandoval es interpretado por el aclamado actor argentino Guillermo Francella.
Como si a la película le faltasen ingredientes para triunfar, la trama es digna de las mejores novelas de detectives, intrigante, no deja un hilo sin atar, se va construyendo poco a poco, mantiene en suspenso en todo momento al espectador quien por momentos cree que ya nada más va a suceder, y cuando se piensa que ya nada más puede suceder, la historia sorprende al espectador con un giro inesperado.
Digna ganadora del Oscar por Mejor Película Extranjera, El secreto de sus ojos es una prueba más de que el cine argentino se ha consolidado y no le pide nada a las producciones millonarias, pues con una buena historia, grandes actores y un buen manejo del lenguaje cinematográfico se pueden conseguir verdaderas joyas. La escena de la persecusión filmada con la cámara en movimiento, en la cancha de Huracan, es para el recuerfo. La crudeza de aquellos años terribles, es para la memoria.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La marcha sobre Roma





de Dino Rissi


Título original: La marcia su Roma
Dirección: Dino Risi
Guión: Ghigo De Chiara, Sandro Continenza, Agenore Incrocci, Ruggero Maccari, Furio Scarpelli, Ettore Scola.
Interpretación: Vittorio Gassman (Domenico Rocchetti), Ugo Tognazzi (Umberto Gavazza), Roger Hanin (capitán Paolinelli), Mario Brega (Mitraglia), Antonio Cannas (Zafreghin), Angela Luce (la contadina), Gerard Landy (Bellinzoni)
Puntuación: 8/10
Género: Comedia
País: Italia
Duración: 94 minutos
Año: 1962


Cuando el fanatismo sustituye a la razón el camino está lleno de engaños ….uno cree amar su propia patria sólo si ésta patria es un país donde todos piensan igual. Y por eso acaba amando una patria de esclavos, y no se da cuenta de que él mismo es un esclavo”.


El director Dino Risi, utiliza la comicidad y el humor para decir las verdades más duras y mostrar que el fascismo no fue un fenómeno inevitable; recalca la responsabilidad que le correspondió a la clase política de aquella época, algo que queda totalmente plasmado en la última escena de la película a través del diálogo irónico que mantiene el rey con un alto dirigente. El sistema político intentó absorber al movimiento fascista, institucionalizarlo tal como había hecho con ciertos izquierdistas devenidos en "reformistas", incorporarlos al sistema para debilitarlos y eliminar cualquier vestigio violento y revolucionario. Sin embargo, el fascismo, a pesar de haberse mostrado como un partido político respetable y conservador (lo cual no fue más que una estrategia para ganar respeto y módicas colaboraciones de los grandes burgueses y aristócratas), poseía un proyecto alternativo de sociedad, que buscaba subvertir el orden establecido, y que pronto desecharía a los dirigentes que habían posibilitado su ascenso; dirigentes a los que corresponde al menos el adjetivo de ignorantes, porque no consideraron seriamente el proyecto de país que proponía el fascismo; un proyecto revolucionario que clamaba por la modificación total de las relaciones sociales, aspirando a una participación activa, duradera y comprometida de las grandes masas.

Un giorno in pretura




Ficha Artística:
DIRECTOR: Steno
GUION: Lucio Fulci
Sandra Continenza
Alberto Sordi
Steno
INTERPRETES: Alberto Sordi
Leopoldo Trieste
Peppino De Filippo
Silvana Pampanini
Sophia Loren
Tania Weber
PRODUCTOR: Gianni Hecht Lucari
Dino De Laurentiis
Carlo Ponti
FOTOGRAFÍA: Marco Scarpelli
MUSICA: Armando Trovajoli
        Sigue los pasos del juez Salomone Lorusso, que debe ejercer en cuatro casos diferentes.

Comedia dramática que se compone de varias historias, los casos del juez. Trata temas como la infidelidad, aunque el tono es bastante ligero. Destaca el trabajo de Alberto Sordi, acompañado por grandes actores italianos de la época.


  

Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti







Buscando una vida mejor, Rosaria Parondi ha dejado su pueblo del sur de Italia para establecerse en Milán con sus hijos Simone, Rocco, Ciro y Luca y reencontrarse con el mayor de todos ellos, Vincenzo, quien lleva tiempo allí trabajando como albañil. Cada uno intenta adaptarse como puede a las nuevas circunstancias de una sociedad muy diferente a la que han conocido. Pero mientras Rocco se esfuerza por mantener unida a la familia, surgen problemas con su hermano Simone, que además de estar enamorado de la misma mujer que él, está metido en problemas de dinero.
Luchino Visconti utilizó uno de sus temas favoritos, la familia, para dirigir la que se considera la última gran película del neorrealismo italiano y que fue premiada en diferentes festivales de este país. Con Alain Delon y Renato Salvatori a la cabeza del reparto, y con la música de Nino Rota, famoso por sus partituras para 8 ½ o El padrino, refleja en ella la realidad social que vivían sus paisanos cuando dejaban el campo para salir adelante en la ciudad. Y se centra en el proceso de adaptación que viven los Parondi, muy diferente según cada hermano, ante el desarraigo común.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Historia del Blues, por Martin Scorsese










Por Martin Scorsese





En mi infancia y adolescencia siempre parecía haber música en el aire. Soplaba desde la calle, las radios de los autos que pasaban, los restaurantes y los negocios, las ventanas de los departamentos vecinos. En casa, mamá solía cantar para sí misma; tengo un vívido recuerdo de ella cantando mientras lavaba los platos. Mi padre amaba tocar su mandolina y mi hermano Frank tocaba la guitarra. Pero de hecho mi padre era el entusiasta de la guitarra, y la primera música que recuerdo haber escuchado es la de Django Reinhardt y su Hot Club del France Quintet. En esa época se podía escuchar una increíble variedad de músicas por la radio: de todo, desde canciones folklóricas italianas hasta country & western.
Recuerdo que un día, alrededor de 1958, escuché algo que no se parecía a nada de lo que hubiera escuchado hasta entonces. Nunca olvidaré la primera vez que oí el sonido de esa guitarra. La música me exigía: “¡Escúchame!”. Salí corriendo a buscar papel y lápiz y anoté el nombre. La canción se llamaba “See See Rider”, y yo ya la conocía por la versión de Chuck Willis. El nombre del cantante era Lead Belly. Tan rápido como pude llegué hasta el local de Sam Goody, en la calle 49, y allí encontré un viejo disco de Folkways interpretado por Lead Belly, que incluía “See See Rider”, “Roberta”, “Black Snake Moan” y algunas otras canciones. Y lo escuché obsesivamente. La música de Lead Belly abrió algo nuevo para mí. Si hubiera podido tocar la guitarra, tocar de verdad, jamás habría sido cineasta.
Por esa misma época fui con unos amigos a ver a Bo Diddley. Ése fue otro acontecimiento histórico para mí. Tocaba en el Brooklyn Paramount, en uno de esos programas múltiples de rock and roll. Era un intérprete hipnótico que se movía de manera asombrosa en el escenario. Recuerdo a Jerome Green con las maracas, que iba bailando desde uno de los costados del escenario, y a Bo Diddley que iba bailando desde el otro, y cómo se cruzaban en el centro e intercambiaban posiciones. Bo Diddley también hacía algo inusual: explicaba los diferentes golpes de percusión y de qué partes de Africa provenían.
A comienzos de los ’60, yo prefería a Phil Spector, Motown y los grupos de chicas: las Ronettes, las Marvelettes, las Shirelles. Luego llegó la invasión británica. Como todos, yo estaba abrumado por esa música e impresionado por la enorme influencia que había sufrido del blues. Cuanto más entendía la historia que había detrás del rock & roll, más escuchaba el blues que había en esa historia.
El blues pasó al frente gracias a parte de la nueva música británica. Las bandas homenajeaban a sus maestros de la misma manera en que los cineastas de la Nouvelle Vague homenajeaban con sus películas a los grandes directores norteamericanos. Estaban John Mayall y sus Bluesbreakers. Estaba la primera etapa de Fleetwood Mac (con Peter Green en guitarra), básicamente una banda de blues. Estaban los Stones, que desde el principio habían tenido un pesado acento de blues e hicieron versiones de Little Red Rooster, “I’m a King Bee”, “Love in Vain” y muchos otros temas.
Y por supuesto: estaba Cream. Todavía amo sentarme solo en una habitación y dejarme envolver por su música. Cream creó una sorprendente fusión de blues y hard rock, y algunas de sus canciones más hermosas eran covers: “Rollin’ and Tumblin’”, el viejo clásico del Delta, que escuché por primera vez en el primer volumen de Live Cream; “Crossroads”, de Robert Johnson, que fue uno de sus mayores éxitos, y “Sitting on Top of the World”, que estaba en Goodbye Cream.
A fines de los ’60 empezó a expandirse la necesidad de rastrear las raíces de la música popular. El blues se fue descubriendo en todo el país y excedió el nicho del público especializado. Por entonces, la música no estaba tan disponible como ahora. Algunos títulos había que buscarlos mucho, y otros aparecían en reediciones o antologías. El blues estaba rodeado de una mística, un aura tan poderosa que ciertos nombres aparecían súbitamente en el aire y uno tenía que salir a buscar sus discos. Hablo de Son House, a quien escuché por primera vez cuando estábamos compaginando Woodstock. Fue su director, Mike Wadleigh, quien trajo una grabación de él. Alguien que escuchó cantar a Caruso dijo que lo conmovió tanto que su corazón se estremeció. Así me sentí la primera vez que escuché a Son House: era una voz y un estilo que parecían venir de muy, muy atrás, de algún tiempo y lugar muy lejanos. Un año después, escuchar otra voz antigua, la de Robert Jonson, sería otra experiencia que sacudiría mi alma.
Fue mi amor por la música lo que me llevó a hacer la película The Last Waltz. Quise hacer algo más que documentar el último concierto de The Band. Era más que un mero tributo musical: era un tapiz de historia de la música, la historia de la música de The Band. Y cada uno de esos intérpretes –una leyenda tras otra– había tramado una parte de ese tapiz. Pero cuando Muddy Waters ingresó al escenario y canto “Mannish Boy”, se apoderó de la música, del evento, de la historia, de todo. Electrificó al público: lo llevó a otro nivel y al mismo tiempo lo devolvió a las fuentes. Siempre me consideraré un privilegiado por haber estado ahí para atestiguarlo, filmarlo y dárselo a millones de personas. Fue un momento definitorio para mí.
En la última década, esta búsqueda de raíces históricas fue abriéndose camino en mi trabajo. Hice dos documentales sobre la historia del cine y decidí hacerlos desde lo personal, en lugar de buscar una perspectiva estrictamente histórica. Me pareció que era la mejor manera de trabajar. Para la serie sobre el blues decidí hacer algo parecido.
El proyecto comenzó cuando la productora Margaret Bodde y yo estábamos trabajando en un documental con Eric Clapton titulado Nothing But the Blues, donde combinábamos material de Eric interpretando clásicos del blues con material de archivo de músicos más viejos. Quedamos sorprendidos por el poder elemental y poético de esas yuxtaposiciones: parecía un modo simple y al mismo tiempo elocuente de expresar la atemporalidad de la música. Y al mismo tiempo nos reveló una manera de abordar la historia del blues en términos cinematográficos. Así que el paso siguiente fue natural: pedirles a varios directores que admiro –todos profundamente conectados con la música– que hicieran su propia exploración personal de la historia del blues.
Con respecto a mi propio film –el primero de la serie–, la idea fue embarcar al espectador en una peregrinación por el Mississippi, y luego por Africa, en compañía de un magnífico blusero joven llamado Corey Harris, que no sólo es un gran intérprete sino que conoce muy bien la historia del género. Lo filmamos en Mississippi hablando con algunas figuras legendarias y visitando algunos lugares donde se hacía música. Esa sección culmina en un encuentro con el gran Otha Turner, sentado frente a su casa en Senatobia, cerca de su familia y tocando su flauta de caña. También tuvimos la suerte de filmar el magnífico concierto de Otha en noviembre de 2001 en St. Ann’s, Brooklyn, que creo que fue su última actuación registrada en cine. Luego parecía natural rastrear la música hasta Africa Occidental, donde Corey tocó con artistas extraordinarios como Salif Keita, Aviv Koité y Ali Farka Toure. Es fascinante escuchar los vínculos entre la música norteamericana y la africana, ver las influencias que circulan en ambas direcciones, a través del tiempo y el espacio.
Incluí también a Alan Lomax porque los lazos entre Africa y el blues siempre fueron muy importantes para él. Me siento fuertemente identificado con su instinto, esa necesidad de encontrar y grabar música y sonidos genuinos antes de que sus generadores desaparezcan. De no ser por él, muchas cosas se habrían perdido. La música de Otha Turner era un lazo con Africa, y Lomax se dedicó largamente a explorar esa conexión. Esa música elemental, hecha nada más que de un flautín y percusión, siempre me ha fascinado. Cuando la escuché por primera vez, estaba editando Toro salvaje por las noches. Era subyugante; sonaba como si viniera de la Norteamérica del siglo XVIII, pero con un ritmo africano. Ni siquiera me había imaginado que existiera una música así. Encontré un casete con la música de Otha y lo escuché obsesivamente durante varios años. Siempre supe que podría jugar un papel importante en Pandillas de Nueva York, un proyecto que con el tiempo sufrió bastantes cambios, pero jamás en la idea de incluir esa música.
Cuando por fin pude hacer la película, tuvimos la suerte de poder usar una pieza de Otha y su Rising Star Band, y la usé en el set para impulsar la acción: le daban una energía y un poder a la película que de otro modo no habría tenido, y ayudaba a crear un mundo nunca antes visto. Cuando la película se estrenó, mucha gente –comprensiblemente– creyó que estaba escuchando música celta y se sorprendió al descubrir que era Otha Turner, del Mississippi del norte.
Nunca ha dejado de sorprenderme la sensación de continuidad y transformación que transmite el blues, la manera en que pasado, presente y futuro se fusionan en una única entidad creativa y dinámica. Esa idea de continuidad y transformación recorre todas las películas de esta serie. Charles Burnett hizo un drama poético y personal sobre la vida del blues vista a través de los ojos de un niño. Wim Wenders hizo un film evocativo que se mueve a través del pasado, presente y futuro como en un sueño, para conjurar a tres bluseros diferentes. Dick Pearce hizo una película magnífica sobre Memphis; Marc Levin hizo Chicago Blues, con Chuck D y Marshall Chess en el estudio con la banda Electric Mud grabando nuevos temas junto a los miembros de The Roots. Mike Figgis hizo una película sobre la escena británica del blues y Clint Eastwood homenajeó a los grandes pianistas.
A la gente le gusta pensar que los grandes cantantes de blues son crudos, instintivos, y que el genio y el talento manan de las puntas de sus dedos. Pero John Lee Hooker, Bessie Smith, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Blind Lemon Jefferson y tantos otros asombrosos talentos son algunos de los más grandes artistas que ha tenido Norteamérica en toda su historia. Cuando uno escucha a Lead Belly, Son House, Robert Johnson, John Lee Hooker, Charley Patton o Muddy Waters, se conmueve, se le estremece el corazón, y uno se siente transportado e inspirado por esa energía visceral y esa verdad emocional que es sólida como una roca. Uno se sumerge de lleno en el corazón de lo que significa verdaderamente ser humano, en la condición del ser humano. Eso es el blues.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Las diez mejores bandas sonoras de Ennio Morricone



. El compositor italiano tan venerado como conocido y, confieso, uno de mis preferidos, al que tuve el honor de saludar, y quizás eso te marca, aunque siempre ha sido un compositor brillante en su larga trayectoria y que he admirado mucho.
Algunos lo consideran como el compositor más innovador de la música de cine. Y puede que no les falte razón. Aunque él, un trabajador incansable, reniega del talento. Piensa que el esfuerzo, el trabajo, el tesón y la entrega es la que te convierte en un grande. Tampoco le falta razón en ello, pero hay que reconocerle que a su descomunal filmografía, se le puede sumar una gran popularidad, múltiples premios (eso sí, el Oscar honorífico) y más de 40 millones de discos vendidos, 26 discos de oro, cinco de platino, un Grammy… Lo que avala que Ennio Morricone sea, sin duda, uno de los más grandes de la historia.

Por tanto, se presta como pocos a repasar sus piezas musicales, aunque es cierto que hay que ser todo un especialista en la materia y disponer de mucho tiempo para estudiar y analizar las más de 400 bandas sonoras que ha compuesto.

Versatilidad, originalidad y profusión

Su figura y su brillantez es desde hace varias décadas un referente, pero no lo es por casualidad. Y aunque reconoce que empezó a componer música para cine por dinero, lo cierto es que acabó convirtiéndose en todo un especialista, capaz de renovarse constantemente y es debido a su enorme capacidad de trabajo (sus biografías hablan que sigue levantándose cada día a las cinco de la mañana y a las ocho ya está escribiendo partituras).
Durante el tiempo que lleva en este campo, no ha renunciado, a pesar de tener tentadoras ofertas de Hollywood, a componer para el cine italiano y lo ha hecho para grandes nombre de su cinematografía. Aunque, si bien es cierto, que alcanzó gran popularidad con el spaghetti western primero y con grandes producciones hollywoodienses después.
Su unión a Sergio Leone dio como lugar una fructífera carrera, logrando que el spaguetti western suene a sus notas, y que todos tengamos asociadas estas películas a su geniales composiciones.
Pero Morricone es un animal polifacético en la música cinematográfica y ha compuesto para todo tipo de géneros, para el cine político, erótico, policíaco, religioso, romántico,... Por ello, se hace difícil hacer una selección con las diez mejores bandas sonoras firmadas por él. Pero, siguiendo el mismo criterio que llevé a cabo con Goldsmith y Williams, prevalece la apreciación personal y lo que me han hecho sentir algunas de sus composiciones. Vamos a ellas. Esta es mi selección, sin ningún orden preferente:

‘Los intocables de Elliot Ness’

‘La Misión’

‘Por un puñado de dólares’

‘Cinema Paradiso’

‘Érase una vez América’

‘Días del cielo’

‘Bugsy’

‘Malena’

‘Malditos Bastardos’

‘El bueno, el feo y el malo’

 "Agáchate maldtito"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 13 de octubre de 2011

Escuadrones de la Muerte, de Marie Monique Robin



El libro y el documental Escuadrores de la muerte: la escuela francesa, pusieron al descubierto, por primera vez, la participación de los militares franceses en la génesis de la llamada Operación Cóndor, y en el adiestramiento de los oficiales argentinos y chilenos, en técnicas de contrainsurgencia, basadas en el modelo que el ejército francés aplicó en Indochina en 1954 y en Argelia en 1957.
La noticia de la existencia de este documental en 2003, cuando se cumplieron los treinta años del golpe militar de Pinochet en Chile, adquirió un significado especial. Uno de los entrevistados por Robin, fue Manuel Contreras, jefe de la temible DINA, quien no tuvo ningún problema en admitir que “en Chile no hay detenidos desaparecidos. ¡Todos están muertos!”
En Argentina, donde el documental fue transmitido por Telefé, varios medios de comunicación escrita, entre ellos Página 12, se encargaron de amplificar las tremendas revelaciones hechas por tres jerarcas de la dictadura, Reynaldo Bignone, ex presidente de facto, Albano Harguindeguy, ex ministro del Interior, y Ramón Genaro Díaz Bessone, ex jefe del II Cuerpo de Ejército. Este último confesó a Robin que el régimen argentino hizo desaparecer a 7 mil personas “porque no se animó a fusilarlas por temor”.
La impresión que tuvo Robin es que los militares argentinos fueron los mejores alumnos de la “Escuela francesa” de tortura. “Bessone me dijo que la única forma de sacar información a un detenido, era a través de la tortura”. Harguindeguy afirmó que en esa época “todo el mundo era sospechoso”, y Bignone indicó que algunos obispos católicos no desaprobaron la aplicación de castigos físicos en los interrogatorios.
“Me dieron un poco de miedo”, confesó Marie-Monique Robin, desde París en oportunidad del estreno del documental. Para conseguir los testimonios de los generales argentinos y del jefe de la DINA en Chile, la periodista francesa tuvo que fingir que era una historiadora de extrema derecha.
“Yo empecé con otro tema, contó, el de la Operación Cóndor. Investigando eso, me di cuenta del papel que tuvieron los franceses en la génesis de la operación”. Advierte que se llevó la mayor sorpresa de su vida, al enterarse que en 1959 llegó a Argentina una misión militar francesa permanente, con el objetivo de formar a los ejércitos de Argentina y Chile, entre otros, en la guerra antisubversiva.
 La teoría de los franceses es una concepción militar apoyada en la experiencia de Indochina. Llegaron allí después de terminada la Segunda Guerra Mundial, que era una guerra clásica, con un frente y con soldados en uniforme. Y cuando llegan a Indochina se dan cuenta de que son muy numerosos y están muy bien equipados, pero no pueden acabar con el viet minh y se preguntan por qué. Así nace la teoría de la guerra contrarrevolucionaria, porque el viet minh anda sin uniformes, escondido en la población que les presta apoyo, dándoles comida. La llaman una guerra moderna. ¿Porqué es moderna? Porque no hay frente, es una guerra de superficie, el enemigo está escondido en todo el terreno, no se sabe dónde está. El enemigo es interno, no está afuera, todo el mundo se vuelve sospechoso, hay que controlar a toda la población y hay que buscar nuevas formas militares para luchar contra esta nueva forma de guerra. Por eso la cuadriculación territorial, que fue tomada aquí al pie de la letra, o la división en zonas y sub zonas para que el ejército controle todo el territorio. Entonces la inteligencia se vuelve muy importante, y quien dice inteligencia dice interrogatorio, y quien dice interrogatorio dice también tortura. Es muy lógico. El problema es qué hacer con los torturados cuando están muy mal: hacerlos desaparecer. Pero al mismo tiempo no es solamente una cuestión de técnicas militares. Se trata de un modelo dictatorial del poder. Esto es interesante porque cuando llega aquí la misión de los militares franceses, en 1959, ellos traen técnicas militares pero también una concepción ideológica, teórica, del poder del ejército, que deriva en el terrorismo de estado. Marie-Monique Robin: La teoría de los franceses es una concepción militar apoyada en la experiencia de Indochina. Llegaron allí después de terminada la Segunda Guerra Mundial, que era una guerra clásica, con un frente y con soldados en uniforme.
Cuando se estrenó en Argentina el film de Gillo Pontecorvo "La batalla de Argel" causó conmoción. A mediados de los años sesenta y comienzos de los setenta, todos habíamos visto más de una vez la pelicula de Pontecorvo. También los militares, que veían recreadas ficcionalmente las teorías y métodos contrainsurgentes que venían estudiando desde mediados de los años cincuenta. Es común la creencia de que ésta teoría vió la luz en la Escuela de las Américas montada por los Estados Unidos, pero el orígen real se encuentra en "la escuela francesa", que luego perfeccionarían, por supuesto, los norteamericanos en Vietnam. Las diferentes lecturas que se hicieron configuraron una paradoja trágica. Las avenidas de las ciudades argentinas, la historia y la cultura nacionales, poco tenían que ver con la Casbah y la lucha de liberación nacional del pueblo argelino, como interpretaron las organizaciones armadas. Las Fuerzas Armadas por su parte, transformadas en un ejército de ocupación, aplicarías sistemáticamente ésta doctrina con espantosa efectividad. Como dato adicional, es pertinente señalar que son numerosos los testimonios que dan cuenta de la presencia de hombres que hablaban en francés en el palco de Ezeiza __ aunque es probable que éstos fuesen colonos franceses oriundos de Argelia y ex miembros de la OAS radicados en nuestro país__ durante la masacre perpretada aquel trágico 25 de mayo de 1973.